Textos

Discurso ausente para la inauguración, por Franco Pesce

Por 5 de Septiembre de 2025Noviembre 28th, 2025No Comments6 min read

Leído por Mercedes Fasciolo en la inauguración de la exposición Entrar a la cordillera, el 5 de septiembre de 2025 en el Centro Cultural de Villarrica.

Mientras Mauro pinta, yo espero impaciente. Esa fue la regla que nos inventamos.

Esa misma noche del día en que pinta —o la noche siguiente— comienzan, de a poco, a llegar los mensajes: hay textos, hay imágenes; a veces incluso hay videos filmados por Diego. Esa misma noche es probable que Paz se adelante y suba un registro propio de la salida a terreno que Mauro hizo para pintar y que yo envidio y sistemáticamente mantengo a distancia. Necesito estar lejos para poder asomarme, para mirar de reojo. Jugamos a que estando en Santiago descubro cosas que una proximidad como la de ellos habría hecho invisibles.

La regla se podía romper en cualquier momento. De hecho lo hicimos y mi premio fue caminar sobre hielo. Hoy íbamos a romper la regla de nuevo, hoy 5 de septiembre, al momento de abrir el trabajo de Mauro e inaugurar esta muestra, esta exposición. La regla debía estarse rompiendo ahora, justo ahora que Mecha, o sea yo, lee este texto escrito por Franco, desde lejos, que debía estar aquí, esa era la idea. Pero escribo esto dos o tres días antes y no soy Mecha y no estoy allá, porque no pudimos romper la regla o más bien yo no quise, y me quedé allá en Santiago, donde la cordillera también se muestra y se esconde, pero como fantasma.

Jugando a que yo veía cosas invisibles escribimos casi 20 crónicas falsas. Quisiera ahora continuar el juego y escribir un discurso falso para inaugurar esta exposición de mi hermano Mauro; para tolerar la distancia usando la escritura como recurso. Pero en realidad no es eso lo que quisiera. Quisiera estar acá, ahora, ante ustedes, hablando de la obra de Mauro, Mauro Pesce, el que pinta, y no acá en mi escritorio escribiendo mis penas.

Me parezco más a ustedes que a Mauro, mi hermano. Ni ustedes ni yo fuimos al Lanín o al Rukapillan; ni ustedes ni yo vimos la cordillera ser a un tiempo argentina y chilena. Nadie, casi nadie aquí en esta sala, oyó a las patas del atril enterrarse en la nieve o el hielo, y casi nadie, aquí en esta sala o allá en mi escritorio, vio el óleo todavía fresco de Mauro cambiar de color con el movimiento del sol, que pintaba también la montaña.

Las pinturas, en cambio, ellas sí estuvieron allí, en el lugar justo donde la nieve sonó y el sol cambió los colores. No vieron lo que habríamos visto ustedes o Mercedes o yo, pero son de ahí y ahora son de acá, y traen una carga. Las pinturas salieron de la cordillera. Ahora cuelgan atrás en la sala y nos muestran lo que no vimos. Y se muestran, también, ellas mismas: son parte del paisaje, una parte robada, una parte que entró allí a la fuerza, primero, y fue sustraída después, también a la fuerza.

¿Era eso lo que quería Mauro? ¿Hacer pinturas con la huella imborrable del aire libre donde él las pintó?

Lo repito:

¿Era eso lo que quería Mauro? ¿Hacer pinturas con la huella imborrable del aire libre donde él las pintó?

Son preguntas falsas como todo lo que hago desde este escritorio, si sigo las reglas. Por supuesto que él no quería esa huella y por supuesto que no hizo más que buscarla. La pregunta sincera era dónde dejar esa huella o cómo hacerle un lugar a esa huella sin hacerla instrumento y cómo hacer que la huella no fuera mancha y que no compitiera contra las marcas que él mismo iba hacer al pintar.

Esto voy a explicarlo de otra manera porque es quizá un punto clave de este proyecto. Voy a intentarlo, digo: intentar explicarlo.

Entrar en la cordillera es fácil. Pero ¿qué hacer en ese lugar? ¿Qué tipo de registro? ¿Qué representación? ¿Cómo interactuar y cómo no intervenir? ¿Cómo sobrevivir a la pequeña épica de llegar a la cumbre y cómo conseguir, una vez allí, pintar el paisaje y no la pequeña épica de haber hecho cumbre y de ser capaz de observar lo que muestra la cumbre?

Hay una imagen linda y trillada, aquí en mí en mi escritorio, que ya no logro apartar, así que la evoco: es Ulises que se amarra al mástil de su nave porque quiere escuchar el canto de las sirenas como si no lo escuchara. Quiere vivir la experiencia sin sufrir sus excesos; gozar de la causa sin las consecuencias.

Mauro ya sabía qué habían hecho otros, antes que él, con ese canto de sirena que emite el paisaje cuando es demasiado inmenso para abarcarlo. No es la primera ni será la última persona en buscar una ruta oblicua para llegar a una vista tremenda. Pero él insistió en repetir ese recorrido por bordes donde todavía resiste la extraña experiencia de sentirse distinta y distante y minúscula. Y ese es, pienso ahora, el gesto que importa: la insistencia. Su insistencia en entrar en la cordillera y apostar a que ahí aprendería a mirar, es decir, a pintar; su insistencia, diría, en entrar en la cordillera apostando a que iba construir una forma propia de mirar el paisaje, que está muriendo.