Hace ya varios meses, en invierno, caminé por Pucón con Mauro y Mercedes. Días después ella me envió, contra sus propios principios, un audio. Yo había escrito que lo de Mauro era un “no a la fotografía”. La voz de Mecha me respondía que “claro que hay fotografía”. “Mauro no desaparece”, decía también. Encontré que ella tenía razón.
Pero yo también tenía razón. El “no a la fotografía” se refería a la producción de la obra: era una elección –una restricción, diría la Clara de Cynthia Rimsky– o una decisión técnica; una elección formal, también.
Un dogma, sin embargo, no era, y tampoco una prohibición. Y, pasado el tiempo, aún no lo es: ni dogma ni prohibición. El proyecto cambió, cambiaron los textos, los subimos y los bajamos, rehicimos las portadas (o creo que Mauro les dice carátulas) y se alteró la forma en que conversamos a las 4pm los días miércoles. En todo ese proceso Mauro jamás dejó de sacar fotos ni de compartirlas. Y jamás dejó de pintar.
Y el punto, pasado el tiempo, es el mismo: Mauro quiso pintar lo que antes solo fotografiaba; Mauro quiso buscar pintando lo que antes buscaba disparando la cámara. Y esa palabra “buscar”, que hace ruido, nada: hay que escucharla sin heroísmo, sin fanfarrias: es un experimento, un juego de prueba y error, un hacer.
Ese día, después de escuchar el audio de Mecha, decidí responderle por escrito.
“Quizá”, le dije, “el peligro lo ponemos quienes rodeamos a Mauro: Franco el hermano que escribe estas líneas, Diego el videísta que lo retrata en la nieve, Paz la guía que lo lleva al lugar exacto y registra escenas que después transforma en historias de instagram. Es que somos nosotros los que estamos pendientes de la relación entre artista y paisaje, del camino que él hace en la montaña, del proceso de construcción del pintor que comienza a metros del lago y termina en la cordillera, atrapado por las miradas de otras”.
Escribí “peligro” porque pensaba que la integridad del proyecto estaba en riesgo. Y todavía lo pienso. Pero no porque haya fotos además de pinturas, sino porque coqueteamos demasiado con el romanticismo que queremos superar.
No sabemos mirar a la persona que pinta ni sabemos contar lo que vemos.