Leo que el incendio en el Valle Magdalena ya está contenido. Se quemaron más de 24.000 hectáreas.
Aprendimos a andar a caballo en una parcela de 15 hectáreas que era inmensa, casi infinita: jamás recorrimos todos sus bordes. La inmensidad del fuego en el Valle Magdalena fue 1.600 veces más grande.
24.000 hectáreas: 240 kilómetros cuadrados. No sé imaginar esa magnitud.
Investigo: es la superficie que ocupan Las Condes, La Reina, Peñalolén y La Florida, todas juntas.
A varias comunidades mapuche del Valle Magdalena las hicieron evacuar. ¿Cómo se resigna uno a eso? Pienso en la erupción del Chaitén, el 2008: la gente no se quería ir; la que se fue comenzó a volver.
Investigo más: la zona de exclusión de Chernóbil ocupa unos 5.200 kms cuadrados. El incendio de Santa Olga, a finales del 2016 y principios del 2017, acá en Chile, ocupó 5.700 kms cuadrados o 570.000 hectáreas, equivalentes a casi un tercio de la región metropolitana.
Ahora estábamos en la playa: caminábamos de regreso al departamento, entre quillayes nuevos y pinos enormes, y encontramos la sombra y la brisa fría que en el pueblo no había.
“¿Este es el aire que extrañas”, le pregunté a Mauro.
Me dijo que “no”.
“Es otra cosa”, siguió. “Lo que extraño es un aire fresco y frío, más seco, que viene de la cordillera, o acaso del lago, por las mañanas. Me hace falta”. Le llega en la cara cuando abre la ventana de su pieza, en Pucón, me explicó; o cuando sale a estirarse o caminar.
Lo escuché sin saber de qué hablaba. Y no pregunté más. Sin embargo sé muy bien, y lo sabía ese día, que en su casa camino al volcán el aire es otro y mejor.
¿Cuánto tiempo le queda?
Tal vez no pregunté más porque él cambió de tema y me dijo que se estaban quemando los bosques que había visto o pintado mirando hacia el lado argentino desde el Lanín: el Valle Magdalena.
Después me dijo algo extraño, que sí entendí; con su cuota de tristeza, incluso: “Me habría gustado estar allá y acercarme, ver ese fuego”. Él quería estudiar el fuego; pintarlo o fotografiarlo. Pero, como son las cosas, eso no lo hacía inmune al poder seductor de la destrucción.