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Llevamos ya un tiempo pensando en el final. El 12 de enero, por ejemplo, Mauro escribió: “Temas tenemos. El plan sería cerrar con un par más de entradas”.

Pero el plan cambió, el “par” de crónicas ya está publicado y aquí seguimos, escribiendo y pintando: Mauro compra más telas, mueve las restricciones que elige, hace pruebas de color.

Sabemos que habrá que forzar el fin, que siempre habrá resistencia y siempre buenas razones para mantenernos aquí adentro. Pero saber eso no nos frena, no nos da esa resignación tranquila que necesitamos.

Publicar le sirve de término al que escribe. Al que pinta, ¿qué truco lo salva?

“Podríamos terminar con lo del atardecer”, me dijo Mauro ese mismo día.

Una vez, hace meses, hubo una salida a terreno en la que él pintó tarde y el sol comenzó a ponerse y las montañas cambiaron de color. Y mientras afinaba el ojo para seguir esas transformaciones, vio que también la tela cambiaba.

No es sólo que la nieve tomara tonos amarillos o rosados o naranjos, que al parecer así fue, yo le creo. La cuestión es que, mientras eso ocurría, las manchas de colores que Mauro había pintado quedaron barnizadas por la misma luz de colores que teñía la nieve.

Era nieve de los Nevados de Caburgua, en el Parque Nacional Huerquehue. Y esa tarde esa nieve cambió, bruscamente, pero no entró en conflicto con la pintura que Mauro armaba porque la misma luz del atardecer se encargó de hacerla distinta.

Si uno se acerca y mira por 30 o 40 segundos la foto que me envió Mauro, uno ve la línea de sombra que divide la tela. Y al verla uno entiende que hay colores en el cuadro de la foto que no son los que él había pintado.

Esos colores ya no están. El óleo de Mauro los tuvo, por un rato; pero ese instante se perdió y ahora necesitamos un registro o un testimonio para evocarlos. Es decir: la única forma de apuntar a esa obra pintada con luz es anexando a la tela la foto que tengo en whatsapp o una crónica falsa.

Estos, entonces, son los hechos que constituyen “lo del atardecer”, los hechos con los que, quizás, “podríamos terminar”.

Pero no podemos. Porque falta hablar de Herzog y el fuego, de Friedrich y el hielo, y, por supuesto, del Rukapillán.

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